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NOTAS DE PRENSA

Romero, Nelson


"El primer encuentro con Hugo (Nantes) y 40 años después", por Nelson Romero Diario San José Hoy (Uruguay, 2009).

profeta 

Fue memorable y terrible aquel día que me animé a llegar hasta el taller de Hugo.

Hacía poco tiempo que me había venido desde el campo, y a los diecisiete años había juntado en carpetas muchos dibujos hechos pacientemente, tratando de imitar a los grabadores alemanes del Siglo XV.

Un día me decidí y llamé a su puerta. Iba con vergüenza, con esa timidez de animal asustado, propia de los paisanos antiguos. Pero confieso que guardaba la esperanza de deslumbrarlo con alguna de mis obras, porque había dedicado horas y días y años para dibujar abigarradas alegorías anacrónicas, con puntillismos y prolijos entretejidos de líneas a pluma.

 

Cuando se abrió la puerta, apareció un hombre fornido, desprolijo en el vestir, con las manos manchadas de pintura, y envuelto en un fuerte tufo de tabaco negro.

 

-¿El maestro Hugo Nantes? -tartamudeé.

-¡Déjese de joder con lo de «maestro» -me contestó con un vozarrón y una mirada insostenibles-. ¡Con que me diga Nantes es suficiente! ¿Qué anda precisando?

Le expliqué que tenía unos dibujos para mostrarle, y que quería su opinión sobre la técnica.

Me hizo pasar a su taller, que era bastante chico, porque en esa época trabajaba al frente de lo que hoy es su casa. Al fondo estaba Dante Cola y María, y creo que Lalanne.

Hugo tomó la carpeta y desparramó los dibujos en el suelo, y empezó a caminar en torno a ellos. Yo me quedé arrinconado. Lo veía mover su cabeza, alternando negaciones y asentimientos. No me hablaba. Encendió otro cigarro negro y me dijo sin mirarme: «¡Venga para acá». Empezó a señalar algunos dibujos y a hablar de cada uno. Para mí comenzó un calvario. Sus juicios eran mazazos, sentencias implacables, disecciones con un bisturí que cortaba hasta el hueso, análisis irrebatibles, consejos y sugerencias que me resultaban imposibles de seguir.

-¡Usted ha estado trabajando al pedo! -me dijo sin anestesia-. Fíjese que ha llenado papeles con puntitos y rayitas, y todos los dibujos tienen la misma resolución plástica. ¡No imite! ¡Sugiera! Pintar no es imitar. ¡Aprenda a construir! No haga abigarramientos al azar. Vea que en la naturaleza cada cosa está hecha con una textura diferente y propia. No ejercite el virtuosismo, porque eso sirve únicamente para deslumbrar chambones y para que usted se vuelva vanidoso. Diga lo máximo con lo mínimo. Sugiera con el trazo y deje que el espectador complete el dibujo con su subjetividad. No se preocupe por ser desprolijo. Sea espontáneo, porque a veces una desprolijidad buscada tiene más valor que la perfección llevada al paroxismo.

 

Prendía un cigarro tras otro, el Hugo, y yo me arrinconaba cada vez más, y me sentía más y más chiquito y miserable.

Y siguió con aquel análisis de juez insobornable.

-¡Fíjese en la música de Mozart! ¿Conoce a Mozart?

-Algo -contesté sin mirarlo.

-Es obligación de todo ser humano conocer a Mozart -decía levantando la voz-. Si no, se vive sin entender la creación. ¡Y habría menos miseria humana! Y fíjese que a Mozart le bastaba con una corta sucesión de notas, oídas al azar, para construir maravillas monumentales y universales.

Y seguía…

-Tenga en cuenta que para que un árbol alcance las alturas hay que sacarle las ramas innecesarias. ¿Usted cree que Picasso no podía dibujar como un virtuoso? ¡Seguro que podía! Pero lo desdeñó porque vio que eso se agota en sí mismo. Prefirió sintetizar para sugerir. Desconfíe de los virtuosismos. Si quiere aprender a dibujar, estudie los grabados de Goya, de Rembrandt, de Picasso.

 

Creo que perdí la noción del tiempo y del espacio, y entre los efluvios de tabaco, aguarrás y pintura fresca y el discurso implacable de aquel hombre que se me figuraba un profeta con sentencias irrebatibles y definitivas, vestido con una campera andrajosa, ceñida con un cable en la cintura porque ya no le quedaban botones, me hizo sentir que me hundía en un túnel cada vez más oscuro. Quise no tener memoria y no volver a mi casa.

 

Hugo me agarró de un brazo, explotó en una carcajada y me dijo:

-No todo está mal, hay algunos aciertos, pero empezá desde cero. Dentro de un tiempo traeme lo que hayas dibujado y veremos. Y acordate que si te vas a dedicar a la creación, tenés que darle a la gente lo mejor, porque el arte, si existe, tiene como propósito fundamental hacer al ser humano más digno, más esclarecido, más autocrítico. De nada nos servirá crear para un grupito de coleccionistas. El día que toda la humanidad pueda disfrutar de la obra de Picasso, de Goya, de Bach y otros que vendrán, tendremos una sociedad de seres más buenos, más dignos, más solidarios. ¡Acordate!

 

Pasaron unos años, y un día, mi tío, Luis Pugliese Sánchez, fue a visitarme y me dio una carta de recomendación para trabajar en Montevideo, en la agencia de publicidad Oriental. Fuimos con Nantes, en su auto. Hugo me advirtió que me llevaría a algunas galerías, pero tenía que hablar yo, porque él no recomendaba a nadie.

-Si te metiste en esto, tenés que pagar derecho de piso- me dijo.

Ese viaje fue el comienzo de mi carrera, hace cuarenta años.

 

La tremenda paliza crítica que me propinó me aniquiló por un tiempo, pero de las heridas surgieron visiones y conductas que he tratado de cultivar en la vida, siguiendo el mensaje honesto de aquel hombre que quiso ser albañil, y derrumbó los palacios de lo falsamente sublime y solemne, y los monumentos a la vanidad humana. Transformó su vida en su mayor obra de arte, hecha de sarcasmos, ironías, desplantes, juicios lapidarios y mensajes premonitorios, de profeta surrealista.

Se les rió en la cara a presidentes y dignatarios; en su taller hizo sentar en cajones de verduras a embajadores y burgueses plenipotenciarios; apedreó iglesias; expropió santas vírgenes de los altares de capillas y las transmutó en prostitutas solemnes, que expresaban todo el dolor de lo humano; transformó imágenes de santos en dictadores ridículos; con maxilares de caballos construyó rostros pavorosos de bichicomes que proclamaban ser emperadores de la miseria; se sentó en la cátedra de la iglesia de Colonia y dio un sermón para un público invisible que lo aplaudió conmovido; dobló una bicicleta con sus manos; cambió de lugar varias piedras de las Sierras de Mahoma, porque desequilibraban el paisaje; escribía Dios con minúscula; quería incendiar el Vaticano con el Papa adentro, porque decía que allí jamás entraría Cristo; le mordió la mano a un obispo; a una monja gorda le preguntó si estaba preñada y si el hijo conocería al padre; cubrió con su sobretodo nuevo a un marginado viejo que dormía en un protal de un banco en Montevideo (esa noche, el hombre soñó melodías indescriptibles y banquetes interminables, con vinos luminosos); se preguntaba y preguntaba a todos, ya que Dios era omnipotente e infinitamente misericordioso, al encontrarse el Adolfito Hitler cara a cara con el Padre, si se arrepentía de sus matanzas, podía ser perdonado y pasar a sentarse con los Santos.

Cuando Hugo hacía gala de su ultra-ateísmo, una carcajada que conmovía al Universo se oía desde las galaxias más remotas.

Sostenía que Dios era un viejo pervertido que dejó embarazada a una adolescente, y que José, el carpintero, había sido el cornudo más ilustre.

 

Hugo culminó su vida y su obra acercándose (tal vez sin saberlo), a aquel pensamiento bastante nihilista de Carlyle, que sostenía que toda obra humana era en definitiva deleznable: lo único válido era su ejecución.

 

En su conducta surrealista, de actos absurdos y transgresores, impulsado por una vitalidad incontenible, había un propósito de subvertir reglas y conformismos que la sociedad se había impuesto y acatado como sagradas, y que, sin embargo, estaban sustentadas en la hipocresía y en la duplicidad humana.

La última obra de Nantes

En un día de conjunciones afortunadas, Hugo soñó (o soñó que soñaba), que debía acometer la desmesurada empresa de registrar el Universo en una sola e inabarcable obra.

Tal intención resultaría pavorosa y soberbia para cualquier mortal, pero él confiaba en su voluntad y en el olvido del tiempo y de los juicios humanos. Hundió sus pinceles en hirvientes galaxias que nacían y, tomando infinitos pasados y presentes y futuros, comenzó a bosquejar su obra definitiva.

Ese descomunal deseo se le concedió con una condición: sólo él vería la obra una vez concluida.

Comenzó conjurando entretejidos de sueños (quizás todos los sueños), visiones abrumadoras de espacios planos y volúmenes y colores jamás develados. Con la ayuda de alambres reconstruyó algún planeta moribundo; con un crayón violento corrigió la órbita de algún cometa descarriado; con su dedo pulgar le imprimió cráteres a una luna perdida y le alegró la topografía; con su martillo y algunos clavos oxidados fijó el bamboleo de muchos soles envejecidos; y algunas chapas carcomidas le bastaron para hacerse un techo y descansar un rato.

Barnizó todo con un negro humo sacado de mundos calcinados.

Un martes 10 de marzo, a las 5:30 de la madrugada, dio por finalizada su gran obra.

Miró hacia el infinito, y asombrado y feliz, vio que había creado la imagen de Su Maestro.

Y dicen que se murió, quieto.


"Sello Conmemorativo: 50 Aniversario del Estado de Israel", expedido por El Correo (Uruguay).

La Administración Nacional de Correos se honra en homenajear el 50 Aniversario del Estado de Israel, con la emisión de un sello postal conmemorativo, en base a una obra del pintor uruguayo Nelson Romero.

Nelson Romero nació en San José, en 1951. En 1972, realiza su primera exposición individual en la Galería de Arte del Palacio Salvo. Hoy, sus obras se encuentran en : Casa del Humor y la Sátira en Bulgaria, Fine Arts Work Center (Massachusetts), Fundación Pompidou (Francia), Fundación Rally (Punta del Este), Museo de Arte Americano (Maldonado), Museo de Arte Contemporáneo (Montevideo), Museo Nacional de Bellas Artes (Montevideo), Museo José Luis Cuevas (México).

En colecciones particulares de Uruguay, Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia, México, EE .UU., Canadá, España, Japón, Francia, Alemania, Suiza, Holanda, Italia e Israel.
Este pintor ha desarrollado diferentes obras sobre motivos bíblicos y judaicos. Dichas obras fueron realizadas por sugerencia del Sr. Nelson Pilosof (Representante General del Instituto Científico Welzmann para Iberoamérica).
Estas obras están dando lugar a una Exposición en Uruguay como adhesión a los festejos del 50 Aniversario del Estado de Israel.
La pintura elegida para el sello postal por la Administración Nacional de Correos, llamada "Shabat" (Sábado), está incluida en dicha exposición.
Finalmente, El Correo se adhiere a la Exposición Filatélica "Israel ‘98" en este sello, incluyendo el logo de la exposición.
DIVISION FILATELIA

"Homenaje al Vino Tannat", Sello expedido por El Correo (Uruguay).

El vino…como arte
El arte…como vínculo de expresión
El sello postal…como registro de las manifestaciones artísticas de un pueblo
El Correo nacional…como instrumento de difusión de nuestra cultura

Las obras de los artistas plásticos uruguayos Nelson Ramos y Nelson Romero, resultaron premiadas en el concurso organizado en el marco de la celebración de los 20 Años del Establecimiento Juanicó. … “El convenio suscrito entre la Administración Nacional de Correos y Juan Herrera Producciones en relación a las actividades enmarcadas en el proyecto “Arte y Vino”, nos proporcionó la oportunidad de emitir dos sellos postales con el diseño de las obras seleccionadas, así como integrar, con destacads personalidades del arte, el jurado correspondiente.
Sin embargo, los cometidos específicos en materia de emisión de sellos postales, le han permitido desde siempre, constituírse en un instrumento de difusión de la cultura, como lo es en este caso, la obra de artistas uruguayos y de un sector pujante se las actividades productivas, como sin dudas constituye la vitivinicultura.
En consecuencia, eventos como el presente permiten reafirmar el compromiso de El Correo con la Sociedad. Compromiso en cuanto a la calidad de los productos y de los servicios, concepto que conlleva también la difusión de la cultura en su más amplia acepción.”

(Palabras del Presidente de la Administración Nac. de Correos, Dr. Carlos Rocca).

NOMBRE DE LAS OBRAS:

“Cochera de la Vieja Bodega” – Nelson Ramos

“Bebedor Barbado ” – Nelson Romero


"El realismo mágico de Nelson Romero", por Mitzi Macias "Washington Hispanic" (USA).

Artista uruguayo expone en su embajada

 “Romero quiere ser recordado como una buena persona que dibujaba más que como un buen dibujante”. 

Desarrollar el arte como un sacerdocio hasta lograr la excelencia en la disciplina del dibujo es la marca que distingue los trabajos del pintor uruguayo Nelson Romero. Esta característica se puede apreciar en cada uno de sus trabajos que se exhiben en el Salón de las Artes de la embajada de Uruguay. La muestra no ha recibido ningún título en especial y reúne 35 dibujos realizados bajo varias técnicas que van desde el dibujo a grafito hasta el uso del lápiz y el carbón.

Bajo el sello del realismo mágico Romero ha encontrado en el dibujo una manera de comunicarse con el medio que lo rodea. Autodidacta por naturaleza Nelson Romero empezó a dibujar a la edad de cuatro años como una manera de comunicarse con el exterior plasmando lo que sus ojos veían diariamente. Natural d San José, Romero pertenece a una familia de campesinos y pastores y junto a su padre aprendió cómo es la vida en el campo y al mismo tiempo se nutrió de las maravilla que es vivir en contacto permanente con la naturaleza.

“He seguido la tendencia del realismo mágico la misma que se repite en la literatura de García Márquez. Trabajé al lado de mi padre hasta la edad de 21 años hasta que tuve la oportunidad de realizar mi primera exposición en Montevideo”, cuenta a Washington Hispanic, Nelson Romero.

Romero se define como un dibujante y al preguntar sobre su mayor satisfacción en el mudo del arte, responde que “el levantarse todas las mañana y enfrentarme a la hoja de dibujo y poder plasmar el cosmos es maravilloso”, manifestó.

A través del dibujo Romero intenta llegar a un estado espiritual de paz y armonía y eso es lo que está haciendo.
“El dibujo sólo es un medio para lograr las cosas que realmente le dan sentido a mi vida. Entender para qué estamos aquí y hacia dónde vamos es lo más importante”, señala.

“Por eso cuando muera quisiera que mas que por ser un buen dibujante me recuerden por ser una buena persona que dibujaba”, agregó Nelson Romero.

Esta es la primera exposición individual de Romero en Washington DC, pero ha participado en múltiples colectivas alrededor del mundo. El ha visitado galerías en Colombia, México, Venezuela, Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania, entre otros países.

La obra de Romero estará abierta al público hasta el 14 de octubre. La embajada de Uruguay está localizada en el 913 de la calle I, NW, Washington D.C.


"Un barroco contemporáneo", por Alfredo Torres.

"Según Manuel Espínola Gómez, uno de los más grandes artistas que tuvo y tiene el Uruguay, el dibujo no existía como disciplina independiente, como técnica con atributos propios. Según él, siempre terminaba siendo instrumento de la pintura. En ocasiones, una especie de esqueleto fundacional, en otras, incluso su carne. Toda la obra de Nelson Romero, persistente, aparentemente igual y siempre diferente, parece ser una clara prueba sobre el acierto de esa sentencia.

 

Podría decirse que Nelson Romero es, un orquestador de paradojas. La primera, la más ostensible, su capacidad de abatir fronteras entre disciplinas estrictas. Dibujos que son, más allá de un notable manejo de la línea, escenarios pictóricos. Dibujos con una embriagante fragancia de grabados. La convicción de estar ante un aguafuerte, para que la mirada minuciosa, hurgadora, descubra la suavidad del lápiz, la sedosidad del carboncillo. Es en este sentido, sobre todo, que su arte pregona una sutil contemporaneidad. Todo el arte del pasado siglo, sobre todo en la segunda mitad, se ha dedicado a desajustar etiquetas. Pero además, segunda paradoja, esa contemporaneidad se encuentra fuertemente anclada en la tradición del arte occidental desde el Renacimiento al presente. La tercera paradoja remite a su habilidad para dar continuidad a un lenguaje barroco que, sin embargo, despliega un lenguaje también contemporáneo. Conste que se habla del barroco como estilo, como corriente histórica, no como adjetivo elegante. Carácter barroco, se en el contexto del movimiento pos-renacentista que nace a fines del siglo XVI y alcanza sus esplendores por tierras latinoamericanas hasta la mitad del XVIII.

 

Los itinerarios de sus apropiaciones a más de paradojales son prodigiosos, sobre todo, porque terminan transmitiendo lejanas fragancias sin presencias contundentes. Mezclas y cruces, superposiciones inesperadas, incrustaciones prejuzgadas imposibles, para terminar siendo, siempre, de un modo inexorable, Nelson Romero. Por ejemplo, Hieronymus Bosch, Brueghel el Viejo, interceptan con Fernando Botero, con las máscaras satíricas de otro gran artista uruguayo, Luis Solari. Durero, la robustez escultórica de Miguel Ángel, la exagerada estilización de El Greco convergen hacia los árboles de vida que se esparcen en Santo Domingo de Oaxaca y otros templos del barroco virreinal mexicano.

Una banda de músicos transmite rasgos de los sensuales ornamentos de la Iglesia de Santa Bárbara en Tunja, obra cumbre del barroco colombiano. Todas sus imágenes, todos los personajes que actúan en ellas, aun las que muestran mayor cercanía con la tradición del arte occidental, terminan desembocando en una visión muy uruguaya, de ciudades muy uruguayas. No son ciudades evidentes, tangibles, son esas ciudades invisibles que cuenta Ítalo Calvino. Puede que sea Montevideo, o la ciudad donde vive, San José de Mayo. Sus bebedores irradian la melancolía infinita que nubla miradas de otros solitarios bebedores, afincados en sillas y sitios de mostradores que definen un territorio intransferible, por bares y boliches de esas ciudades, de otras ciudades rioplatenses.

 

Esas apropiaciones, la certeza de que las “citas” visuales terminarán siendo propias de manera indiscutible y gracias a su fuerte personalidad expresiva, le permite asumir desafíos riesgosos. No es nada fácil, transcurridas nueve décadas, experimentar con el lenguaje del cubismo y salir airoso. Contemplar imágenes como “Los esposos geométricos” o “Los músicos” y comprobar que Nelson Romero ha sabido encontrar la vuelta de tuerca para acceder a una lozanía en la sintaxis formal que termina instaurando una semántica que es, al mismo tiempo, nueva paradoja, cubismo riguroso y travesías imprevisibles por territorios expresivos casi antagónicos con la celebre vanguardia. Porque si el cubismo era, en Picasso y en Braque, desestructuración formal, en el creador uruguayo es pretexto para un juego de formas espesas, escultóricas, pregonando un vigor exuberante, triunfal, más allá de todo  intento de fractura. Algo similar ocurre con la “cita” a Francis Bacon y su serie relativa a los Papas, la que a su vez es resultado de una personal “cita” a Velásquez. “Un Papa rojo” encuentra un camino absolutamente diferente de homenajear al notable pintor inglés. Si en Bacon los Papas son casi desintegraciones centrífugas, los Papas más o menos aullantes establecen una exasperación que anhela escapar del cuadro, Nelson Romero lleva ese grito, esa exasperación, hacia adentro. El rostro del Papa parece estar ahogándose en su grito, como si el dramatismo de sutiles acentos caricaturescos provocase una distorsión que hunde el rostro, desfigura todos sus rasgos anatómicos, hacen desaparecer ojos y boca, y toda la cabeza se abandona a la vorágine de las desmesuradas vestimenta, del puntiagudo tocado.

 

La serie de las máscaras, la serie que como se dijo engaña con su aspecto de grabado, luce una expresión asombrosa, realmente genial. La ambigüedad paradojal se manifiesta en ella por la convivencia de climas con sentidos contrapuestos, patetismo y humor, crítica y piedad, parodia y conmiseración. Máscaras que beben hasta el derrumbe o intentar aterrar, sin éxito, a una mujer en un pub, máscaras que parecen entablar diálogos apocalípticos o que se abandonan a una versión funambulesca de la última cena. Máscaras que bailan con total desenfreno o fuman larguísimas pipas.

Todas ellas, más allá de su aspecto animal o de sus casi poliédricas armazones parecidas a latas o cajas de cartón, acercan una última paradoja. Son máscaras, sin duda, pero más allá de su función disimuladora, de su intención de ocultar, reflejan y desnudan la condición humana con implacable sinceridad. El creador no intenta juzgar. Al modo de un muy actual apunte de costumbre, testimonio, muestra, y sin ajenidad. En tanto ser humano él también trasiega el equipaje de sus máscaras, acarrea ese arduo trabajo de revelar y ocultar, de impudor y disimulo, de pequeñeces y grandezas. Porque la única redención posible reside en ese disyunción constante, en ese juego complejo y pendular de identidades." 


"Romero o el valor de lo universal", por Dr. Julio Marí­a Sanguinetti (Ex Presidente de la República Oriental del Uruguay).

El arte de Nelson Romero es un profundo ejercicio lírico.  Lírico en esencia, como poema concebido para acompañarse con música, que de allí nació el concepto.  Hay en esa dimensión una búsqueda profundamente humana y humanista, humana por la tipología representada, humanista por la actitud:  el amor, la pareja humana, el trabajo noble de la gente simple, la tierra y el cielo, animales cercanos al hombre.

Quien se detenga en la superficie de sus trabajos, podrá admirar la técnica y disfrutar de la fuerza volumétrica de las imágenes.  Cuesta suponer, realmente, que se pueda dibujar de mejor modo.  Cualquiera sea el instrumento utilizado, él es llevado al nivel de la perfección, para evadirse de la superficie en volúmenes ubérrimos.  No hay, sin embargo, naturalismo.  Los personajes, los objetos, los paisajes, se ubican en escenarios imaginarios, normalmente en movimiento, en actitudes de elevación o recogimiento.  Todos ellos adquieren un simbolismo universalista:  un campesino es un campesino de cualquier tiempo y lugar, un cultivo también es un cultivo de cualquier tiempo y lugar.  Por eso mismo cuando se adentra en la Biblia y el mundo judío, conviven en él la lectura de las escrituras tanto como la vida diaria, el simbolismo judío reconocible con un espíritu místico universal, intemporal, trascendente.

La trayectoria del artista ha sido coherente consigo misma.  Evoluciona pero sin alejarse de su dibujo original.  Ensaya modificaciones técnicas, pero no desdeña sus procedimientos habituales.  Su temática cambia en lo histórico, pero sigue siendo la misma búsqueda, el mismo clima, idéntica peripecia humana.  Así se le ha visto a lo largo de más de 20 años, consolidadndo un prestigio, una obra, una evolución firmemente sostenida.  No hay novelerías ni facilismos demagógicos, de los que está muy lejos.  Trabaja con rigor.  Y esa honestidad se respira a lo largo de toda su obra.  Por eso mismo, su uso del color ha sido moderado, asordinado, sirviendo siempre a un dibujo sólido pero inspirado.  Después de años de desconcierto en el mundo del arte, en que pareció que cualquier cosa podía valer, una expresión como la de Romero adquiere particular valer.  Porque nos vuelve a reconciliar con la idea de Gombrich de que el arte está indisolublemente ligado a la maestría.

Julio María Sanguinetti (Ex Presidente de la República Oriental de Uruguay).

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